02/06/2017

Con cinco cates a la carreta

Moraleja: no hagas un gran esfuerzo y obtendrás premio

Con frecuencia decimos aquello de “es que no aprendes nada”. Y realmente no suele ser así. Es verdad que quien dice algo parecido a eso está pensando en que el otro no aprende nada de lo que queremos que aprenda. Sin embargo, siempre se aprende algo. A veces se llega a aprender justamente lo contrario de lo que quien trata de enseñar pretende. Hay algo más que pasa desapercibido. Cada vez hay más padres y madres que desean que los hijos aprendan a partir de lo que les dicen o aconsejan. Olvidan el aprendizaje por modelado, el aprendizaje vicario. Los chavales aprenden más a partir de lo que ven que a partir de lo que oyen de figuras significativas (pongamos por caso los padres y profesores). Pero llegado el caso, para hacer su voluntad no dudan en desposeer a los mayores de cualquiera de sus valiosos poderes: por ejemplo el saber y la experiencia. También llegan a retirar “títulos” a figuras como profesores, médicos, psicólogos o nutricionistas: al fin y al cabo ¿quiénes son todos estos para decirme a mi (la estrella más brillante del Universo) lo que tengo que hacer?

            Hace unas horas me comentaban dos compañeras que aún recordaban el momento en que, si las cosas no se hacían adecuadamente en su casa, se pagaba factura: no salíamos o no había vacaciones llegado el caso, añadían. Y había unos mínimos que debían funcionar bien, por ejemplo recoger un cuarto de baño después de su uso, tener la habitación limpia y más o menos ordenada, llegar a casa a la hora establecida, etc. Y una muy importante: cumplir con el trabajo, que cuando se tienen 15 o 16 años es lisa y llanamente estudiar y sacar el curso adelante. Ningún padre, conocedor de sus hijos, exigía unos resultados que supiera o supusiera inalcanzables considerando la capacidad de esos chicos. Pero tampoco esos padres tragaban con la perrería y vagancia o las horas y horas de teléfono móvil tratando gilipolleces en lugar de estar al tajo.

            Pues bien, hace poco, con cinco suspensos en la segunda evaluación, una chica espabilada pero poco amiga del texto decidía que iba a hacer el camino, me refiero al del Rocío. Y era un sí o sí. Lo tenía claro, nadie se lo iba a impedir a pesar de pasar bastante de todo cuanto implica esfuerzo, responsabilidad y otras virtudes ajenas en este momento a gran parte de la chiquillería (y no tan chiquillería). La chica estaba aprendiendo. Sin esforzarme, sacando cinco cates como cinco soles, me voy al Rocío. Moraleja: no hagas un gran esfuerzo y obtendrás premio. Eso es aprender, ya lo creo que sí. Más tarde supimos que aquí el que no corre vuela: caso de no hacer el camino, había una perjudicada que era la mamá, que se quedaba sin Rocío, algo al parecer fuera de toda consideración. Así que el aprendizaje quedó reforzado: ni yo tengo que hacer gran cosa, ni quien me debería sonrojar por ello lo va a hacer. Y si lo hace, será de boquilla. Nos vamos al Rocío. Buen camino y mucha paz.

 
© Instituto de Ciencias de la Conducta Dr. Jáuregui S.C.P.

Última actualización: 05/12/2018