04/01/2017

Testimonio de una paciente

Recuerdo cuando no estaba sana...

Recuerdo cuando no estaba sana. Un fin de semana en casa de una amiga (mi amiga la tóxica) quería mantenerme a base de café, un plátano y un kit-kat a escondidas. Lo posible para mantenerme de pie durante 3 días (mal-mantenerme, mejor dicho) y, con esperanza, adelgazar algún kilo, que no me sobraba. Cuando llegaba el lunes a la nevera, aunque sabía que mi mente ya no me permitía provocarme el vómito, comía todo lo que encontraba que no fuera muy calórico. Un bocadillo de aguacate o tomate, más café, dos galletas. Después vendría mi padre con el almuerzo. En esa época, mi relación con él no era como la de ahora. Me cuesta mucho hacer entender que ya estoy sana a quienes no me tratan en mi día a día. Porque si hay algo que está directamente involucrado en la recuperación de la relación con mi padre es el estar sana. Ya no tengo nada que esconderle, el remordimiento de llegar cada lunes e inventarme que había estado comiendo durante el fin de semana, no me permitía lanzarle sino palabras feas, alejarlo de mi. Me hace llorar recordarlo. El inicio de mi recuperación lo noté a raíz de conocer a mi pareja. Los primeros días que me quedé en su casa, en diciembre de 2015, siempre iba ya cenada y si me tocaba alguna hora de comida estando allí la esquivaba con un supuesto dolor de estomago o falta de hambre, todo con tal de no contarle a alguien que conocía de apenas un mes, hablando por móvil, que me daba vergüenza comer delante de alguien que no fuera mi padre y que en el fondo quería adelgazar. Llegados a la segunda semana él fue a ducharse y me dejó en su cuarto un plátano y una naranja “por si quería algo”. Sin yo haberle dicho nada, me dio con ese gesto, la confianza necesaria para contarle por qué no había comido antes y para  liberarme de ese miedo. Al día siguiente su madre puso de desayunar para los dos unas tostadas y aunque lo sentí como un mundo, vi la luz al final del túnel diciéndome que yo era mas poderosa que mi miedo y desayuné por primera vez en una casa que no era la mía. Esto fue el principio de mi perdida del miedo a comer en publico. Ahora puedo comer tranquilamente en la calle o con alguien que no es mi padre. En junio del año pasado, pase dos días en Sevilla con una  amiga; ella se alegró y me abrazó al ver que estaba desayunando. El comienzo de sentirme sana no sólo llegó con perder el miedo a comer en publico, sino con el propio miedo a comer. Como lo que quiero, de forma variada, sin ayunos ni excesos y me siento sana, por dentro y por fuera. Y mis actos, al igual que mi mente, se han sanado, porque la relación con mi padre es nueva, la siento como cuando era mas pequeña y el bicho que me impulsaba a adelgazar no existía,  lo admiraba y respetaba, nada queda de la persona fría y respondona que era en 2015. De 2011 a 2015 fui incapaz de comer delante de nadie que no fuese mi padre y sin embargo fue a él a quien más hice sufrir, no lo siento justo, porque si no todo, casi todo se lo debo a él. Y es sin embargo ahora, cuando más equilibrio, menos saltos de comida y más variedad de alimentos tomo, parece que el mundo me lo reprocha. Eso también es injusto. Hoy, ilusionada de comprar regalos para dos personas a las que quiero mucho, me encontré a una tía segunda, que acabó con el sentimiento positivo que llevaba conmigo alegando que estaba muy guapa al verme. Pero eso no fue todo. Me sorprende todavía cómo cuando la gente te ve, sólo es capaz de decirte lo guapa que estás, como si eso fuera lo más importante. Pero lo que me sorprendió del todo fue oírle decir: “pero estás muy delgada, como sigas tan delgada tu novio no te va a querer, no va a tener de dónde agarrarse”. Quise ignorar que eso lo había dicho, porque soy una persona sensible y me tomo las cosas a pecho. Pero al llegar a mi casa no pude evitar empezar a llorar. Yo, que he luchado por aceptar mi cuerpo, en el momento que lo logro, sin los complejos del pasado, tengo que escuchar cómo me dicen que “me ponga mas gordita” sin tener en cuenta el efecto que ello puede tener en mi. Porque parece que sólo las que están gorditas, merecen respeto por su condición física. En ocasiones me pregunto si llevo un buzón de sugerencias pegado en la frente, porque en 21 años me han sugerido tanto que tengo que comer más, como que debería comer menos o que me voy a poner gorda o que estoy adelgazando. Con 9 años, me dijo un profesor de educación física que yo necesitaba adelgazar algunos kilitos, porque me costaba respirar al correr (¡y era por los mocos!). Fue a esa misma edad cuando un grupo de niñas de mi clase quería que corriese alrededor del patio durante la hora del recreo para adelgazar para un baile de fin de curso. Y ahora, que estoy bien, SANA, NORMAL, viene alguien y me dice que qué delgada estoy. La teoría del buzón de sugerencias toma consistencia, porque si por regla general a alguien que está “gordito” no se le dice nada por respeto, a mi me lo dijeron. Y si ahora que estoy SANA, y como tal como me indican quienes me cuidan, me lo siguen diciendo, es que algo no concuerda. Como patatas, arroz, pasta, todo tipo de verduras, legumbres, pescado, pollo, ternera, hamburguesas, algunos dulces, chocolate, fritos, etc. Y bebo leche suficiente (y tomo más tipos de lácteos), tomo frutos secos, bebo agua, alguna cerveza y en ocasiones vino. No tomo bebidas destiladas ni comida basura. Y todo lo hago en la medida adecuada, así lo dicen quienes me cuidan. Por eso digo que recuerdo cuando no estaba sana. Porque ahora siento que lo estoy y sé que estar sana implica una libertad y una energía y dominio de mis actos que hasta este ultimo año 2016 no había llegado a conocer.

 
© Instituto de Ciencias de la Conducta Dr. Jáuregui S.C.P.

Última actualización: 05/12/2018