13/06/2015

Propagando salud a pesar de algún descerebrado (a propósito de las vacunas)

Mientras muchos científicos se dejan la vida en un laboratorio, algunos deciden no vacunar

El 30 de noviembre de 1803 parte de La Coruña el navío María Pita con el médico Francisco Javier Balmis y su ayudante José Salvany, junto con 22 niños huérfanos, con la misión de llevar la vacuna de la viruela a todo el Imperio español. El rey Carlos IV apoyó y sufragó con fondos públicos al médico de la corte, el doctor Balmis, en su idea de una vacunación masiva de niños a lo largo del Imperio, ya que su propia hija la infanta María Luisa había sufrido la enfermedad. 1796 había sido el peor año en Europa en cuanto a infectados de viruela y el médico rural inglés Edward Jenner había logrado una vacuna tras experimentar con el niño James Phipps. La vacuna llegó a España en 1800. La expedición de Balmis consiguió llevar la vacuna hasta las islas Canarias, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Filipinas y China. El propio Jenner llegó a decir: no puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este. Hoy recordamos a Balmis, Salvany, Jenner, Pasteur, Haffkine, Wright, von Behring, Calmette y Guerin, Gastón Ramón, Glenny, Madsen, Salk, Sabin, y algunos otros que lucharon denodadamente por mejorar nuestras vidas y librar a la sociedad de epidemias y muertes. Todos unen su nombre a las vacunas.

Pero también hoy asistimos a la “libre decisión” de no vacunar. Y con esa “libre decisión” se pone en peligro la vida de un hijo y, más aún, la de otros niños, pocos o muchos. Invocando las razones que sean se admite un riesgo cuando las vacunas que conocemos ya no tienen nada que demostrar. Ya la historia es testigo de su eficacia, es algo consolidado. Pero ocurre, como en todas las facetas de la vida, que siempre hay alguien especial para quien la argumentación científico-racional no tiene cabida, tal vez por falta de espacio cerebral o por ideologías de sabe Dios qué origen y fundamento. Y no sólo asistimos a los anti-vacunas, también hay una pléyade de anti-pastillas o, incluso, de anti-escuela. Como si las vacunas, pastillas o escuela tuvieran que demostrar el bien hecho por la humanidad. Pero nada, la ideología mola y mentes privilegiadas, saltándose el trabajo de tantos y tantos científicos y maestros que trabajan día a día (muchas veces con becas miserables y sueldos de supervivencia), asumen no vacunar, no tomar pastillas o no llevar a sus hijos a “esas” escuelas. El problema no está en estos descerebrados de última hora sino en el daño que son capaces de infligir a sus propios hijos. Pero ya saben, es la “libertad de elección”. En el ámbito de mi trabajo no es infrecuente oír que “yo no soy partidario de pastillas”, “los psicólogos no me hacen nada, ¡qué me van a decir que yo no sepa!”, etc. Suelen ser casos en los que la única opción sería una férula de escayola, una operación o una infusión de tales o cuales hierbas, además de paseos entre matorrales. O sea, algo “natural”. Hace unos días hablaba con un amigo, abogado, y expresaba su opinión sobre estos “pacientes”: “yo los llevaría a una isla y les dejaría que cuando tuvieran un dolor de cabeza lo solventaran con alguna planta autóctona. Eso sí, rogando para que no se equivocaran de planta, no fuera que el dolor se les quitara para siempre”. Falta EDUCACIÓN, una vez más eso es lo que falta. Porque la libertad de elección también es educable. Antes que TÚ, están los demás. Poner en riesgo TU salud es perjudicar a una sociedad entera que, aunque enferma, tal vez no lo merezca.

 
© Instituto de Ciencias de la Conducta Dr. Jáuregui S.C.P.

Última actualización: 05/12/2018