30/06/2016

No voy a renunciar

Hago un enorme sacrificio al evitar las aceitunas...

Es frecuente que a lo largo del año, y más en ciertas épocas, algunos pacientes que presentan obesidad tomen “conciencia” de su peso y de su dificultad para reducir el mismo. Suele ser una conciencia pegada a eventos cercanos: una boda, la necesidad de mostrarse en la playa o la piscina, tal o cual celebración, etc. Entonces recuerdan su situación y deciden dar un paso al frente: pedir una cita. Generalmente acuden a dicha primera cita con una sola expectativa, cual es, la pérdida de peso, a ser posible prontito. Con frecuencia la demanda se disfraza de otros argumentos: quiero aprender a comer, lo importante es la salud, sé que las dietas no sirven, etc. A veces todo eso es verdad, en muchas otras, desgraciadamente, sólo eso, un disfraz, una lavado de fachada de una conciencia, ausente o, como mucho, endeble. No hace mucho veíamos una situación paradigmática. Alguien había requerido cirugía bariátrica hacía algunos años y demandaba ayuda pues su conducta alimentaria no se había corregido quirúrgicamente. Tal vez eso debería haberse sondeado antes de operar pero eso sería otro debate y aquí lo dejo. A lo que vamos: demandaba ayuda “para perder el peso ganado”. Dada su obesidad y antecedentes de cirugía, la cosa estaba clara: era prioritario el aprendizaje de nuevos hábitos y desechar cualquier tipo de “dieta para perder peso”. La pérdida de peso era un objetivo, eso sí, secundario. Secundario a una normalización de hábitos. Y así las cosas su nutricionista empezó a trabajar, ya saben, pautas de alimentación, educación nutricional, ejercicio (caminar), etc. Y llegó la luna de miel (dos visitas) en que todo era interesante (como de todo, no paso hambre, estoy empezando a caminar, etc.). Pronto se vio que una intensa vida social de fin de semana era incompatible, según decía, con unos hábitos adecuados. Llegado el fin de semana no era posible hacer ejercicio, no era posible seguir ninguna pauta alimentaria y, sobre todo, no era posible renunciar a la ingesta de alcohol en cantidad algo más que moderada (varios tintos de verano, varios gin-tonics, etc.). Una de sus últimas frases, antes de abandonar el tratamiento (paso de luna de miel a divorcio en un pispas) fue: hago un enorme sacrificio al evitar las aceitunas, el pan, los picos en la comida y, en las copas, los frutos secos y gominolas. Por ello, al llegar a casa me doy el premio por haberlo hecho bien. Pues eso, que no iba a renunciar. Es lo que hay.

 
© Instituto de Ciencias de la Conducta Dr. Jáuregui S.C.P.

Última actualización: 05/12/2018