06/01/2016

Un comodín en psicología: la autoestima

Tienes que gustarte, tienes que quererte...

El constructo autoestima nace en el siglo XIX con William James. Durante mucho tiempo fue considerada como una mera hipótesis poco susceptible de una medición rigurosa y, por ello, algo marginal desde el punto de vista científico. A mitad del siglo XX se retoma su estudio de manos de la llamada psicología humanista, uno de cuyos padres, Carl Rogers, llegó a decir que la aceptación y auto-aceptación incondicional eran la mejor forma de mejorar la autoestima. Como constructo ha estado sujeto a las mil y una “interpretaciones” y teorías, para llegar al siglo XXI sin una definición de consenso. Miranda, en 2005, se atreve con esta definición: la autoestima es una competencia específica de carácter socio-afectivo que constituye una de las bases mediante las cuales el sujeto realiza o modifica sus acciones. Se expresa en el individuo a través de un proceso psicológico complejo que involucra a la percepción, la imagen, la estima y el auto-concepto que éste tiene de sí mismo. En este proceso, la toma de conciencia de la valía personal se va construyendo y reconstruyendo durante toda la vida, tanto a través de las experiencias vivenciales del sujeto, como de la interacción que éste tiene con los demás y con el ambiente. Probablemente al acabar de leer la definición tengan una idea tan clara como antes de hacerlo. Un prócer de la psicología moderna, Albert Ellis, ha señalado que la autoestima está basada en premisas definitorias arbitrarias, y sobre un pensamiento sobre-generalizado, perfeccionista y ostentoso, añadiendo que la filosofía de la autoestima aparece en un análisis definitivo como irreal, ilógica y destructiva para el individuo y para la sociedad, proporcionando más daño que beneficio.

Pero indudablemente el término autoestima se ha popularizado y ha hecho fortuna. Podría decirse que entre los amantes del buceo por la mente (siempre andan buscando por el fondo), muchos de ellos sanitarios,  la autoestima es el origen de cualquier trastorno mental. De este modo, si alguien, por ejemplo, tiene un episodio depresivo pronto le será vista la causa en un “problema de autoestima”; si lo que padece es una anorexia nerviosa, no importa. También, en el fondo, tendrá un “problema de autoestima”; y así, cualquier enfermedad mental tendrá “en el fondo” un “problema de autoestima”. Cualquier síntoma de la enfermedad (una idea de suicidio, una distorsión de la imagen corporal, un vómito auto-provocado, etc.) estarán indicando “en el fondo” un “problema de autoestima”. “Esto es que tiene la autoestima muy baja”, “es que no se quiere”, etc., son las letanías que acompañan a esta machacante liturgia a la que asistimos día a día. Creo que Albert Ellis tiene razón: el pensamiento que sostiene esta suerte de ideología psicológica es ostentoso y hedonista. “Tener” que gustarse, “tener” que quererse, como objetivos casi convertidos en derecho. Querernos, gustarnos, la felicidad, no son rasgos que uno deba tener sino estados que se alcanzan con esfuerzo y suerte. Y esos estados son efímeros, pasajeros, dan paso a otros no tan felices y estos a otros mejores, etc. Eso es la vida REAL. Se resume en la aceptación ecuánime de la vida: sin aversión y sin avidez. Lo malo pasará, lo bueno también.

 

 
© Instituto de Ciencias de la Conducta Dr. Jáuregui S.C.P.

Última actualización: 05/12/2018