06/07/2015

Los ahogados del verano

En el río había más peligros y tal vez adultos más responsables

Jugábamos en la calle, no había teléfonos móviles, merendábamos todos los días y algunos chicos de mi edad aprendimos a nadar en un río, en mi caso en el río Gállego cerca de su desembocadura en el Ebro, en Zaragoza. Alguna cosa pasaba, claro que sí. Como decíamos en Zaragoza, alguna cuquera que otra había (cuquera = herida en la cabeza). Y sí, también se anunciaba el ahogamiento de alguien en la época estival. Lo que ocurre ahora es que a lo largo del verano hay una especie de epidemia de ahogados. Seguramente éramos unos inconscientes. En el Gállego bastaba un adulto para que estuvieras vigilado y protegido, no había socorristas. Y ahora, “con todos los medios”, ahogado va, ahogado viene. Algo falla. Los socorristas vigilan, los padres están pendientes de sus hijos y, sin embargo, cada vez parece que se ahogan más niños. Que si el calor, que si la digestión, que si se dio un golpe, la abuela se despistó, etc. El caso es que ha empezado la temporada y día sí, día no, se ahoga alguien. Cursos de natación por doquier, niños que a los dos años se mueven en el agua como chanquetes, surfistas, buceadores, pescadores, de todo hay por esas aguas de Dios. Y ahogados, muchos ahogados. Pues no es fácil opinar. No sé si fiar tanto en la seguridad en “las instalaciones” hace que los padres o responsables se relajen, no lo sé. Pero no es difícil intuir que pueda haber algo de eso. La educación se deja en manos de la escuela, la comida en manos de la escuela, la natación en manos del monitor, la vigilancia en manos del socorrista, etc. No está mal. La cuestión es si los padres están pendientes como deberían. Y esto no es una crítica a nadie. Se trata de reflexionar acerca de lo que está pasando. Que cada vez haya más información educativa, cada vez más información nutricional, cada vez más cursos de natación y gimnasios, cada vez “más de todo” y los resultados no sean precisamente para echar cohetes (en ninguna de esas facetas) da que pensar. ¿Podría ser que fallara lo más elemental? ¿Podría ser que el exceso de confianza en un entorno protector hubiera hecho bajar la guardia a los verdaderos responsables? ¿Se ha pasado del buen uso de una Tablet a la adicción a los “chismes” simplemente porque sí? ¿Se deja hacer sin más? La cuestión es que niños de 3, 6 o 13 años no tienen madurez suficiente para el “buen uso” de muchas cosas (aunque haya padres que “razonen” con sus hijos de cuatro años como si de adultos se tratara). Esa madurez se la debe prestar un adulto responsable, padre o madre, por ejemplo. Y ello conlleva, en ocasiones, reñir o prohibir, poner límites y no dejar hacer como norma de conducta fácil “ahorra-pleitos”. No sé cuánto hay de esto en los ahogados pero me temo que algo sí. Con más río y más peligros no se ahogaba tanto la gente. Claro que los adultos ejercían un poco más.

 
© Instituto de Ciencias de la Conducta Dr. Jáuregui S.C.P.

Última actualización: 05/12/2018